Trastornos alimentarios

Existen varias definiciones de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA). Entre ellas, encontramos la de la Organización Mundial de la Salud, que los define como “enfermedades mentales que se caracterizan por la excesiva pérdida de peso de manera deliberada por parte de la persona, arriesgando su propia salud por culpa de ayunos continuos y prolongados, aplicando técnicas poco saludables para lograr el objetivo principal, el cual es no engordar”.

Dentro de los TCA, encontramos varios tipos:
– Anorexia nerviosa
– Bulimia nerviosa
– Trastorno por atracón
– Trastornos alimentarios inespecíficos
– Pica
– Rumiación
– Trastornos por restricción

Otra forma de definirlos, en mi opinión, es a través de una metáfora, en donde una persona que padece un trastorno alimentario es como un árbol enfermo. Sus ramas son sus síntomas: restricción de la ingesta alimentaria, exceso de actividad física, dismorfia corporal (distorsión de la propia imagen corporal), atracones, vómitos voluntarios, uso de laxantes o diuréticos, entre otros. Y sus raíces son múltiples factores que intervienen en el crecimiento y desarrollo de los TCA: psicológicos (autoestima baja, ansiedad, depresión), sociales (presión social, cultura de la delgadez), familiares (dinámicas disfuncionales, sobreprotección, falta de contención), ambientales (influencia de medios de comunicación, redes sociales) y genéticos (predisposición hereditaria).

Podemos podar el árbol, es decir, trabajar solo en los síntomas: realizar planes alimentarios, obligar a la persona a comer, pedirle que no vomite creyendo que podrá hacerlo, impedirle realizar actividad física o controlarla constantemente frente a sus actitudes con el alimento. Pero, de ser así, solo estaríamos ayudando a que el árbol continúe creciendo enfermo.

En cambio, si tratamos de sanar sus raíces, trabajando con un equipo interdisciplinario en todos los factores que pueden estar influyendo en la aparición y desarrollo de este TCA, podremos lograr que el árbol crezca sano y fuerte, o mejor dicho, que la enfermedad y los síntomas desaparezcan.

Por eso es tan importante que el tratamiento de los TCA sea abordado desde las áreas psicológica, nutricional, clínica y psiquiátrica, si es necesario.

Desde el área nutricional, se trabaja principalmente en la aceptación del alimento, en dejar de verlo como “el culpable del problema” para comenzar a verlo como lo que realmente es: “algo que nos nutre día a día para poder desarrollarnos en los ámbitos de la vida de una manera saludable”. Siempre teniendo en cuenta que el tiempo vale oro, y que debemos actuar con rapidez para evitar un deterioro en la salud del paciente y estabilizar los aspectos clínicos que puedan presentarse, como: pérdida significativa de peso en un corto período de tiempo, amenorrea (ausencia del período menstrual por más de tres meses), pérdida de cabello, frío extremo, valores bioquímicos alterados (anemia, deficiencia de vitaminas y minerales, alteración en el colesterol, etc.), entre otros.Practicarla puede ayudarnos a reconocer la belleza en las pequeñas cosas incluso cuando enfrentamos desafíos, promoviendo la aceptación.

¿Cómo podemos hacer para prevenirlo?

Ahora bien, más allá de preguntarnos cuáles son los TCA o cuál es su tratamiento, es importante reflexionar si hay manera de prevenirlos o de anticiparnos para que los síntomas no se profundicen. La respuesta es sí: hay forma de prevenirlos.

Frente a esto, mis recomendaciones principales para prevenir los trastornos son:
– Evitar los comentarios referidos al cuerpo propio o ajeno.
– No tomar la delgadez como un signo de belleza.
– Enseñar a nuestros hijos a tener hábitos saludables desde muy chicos, pero no desde la restricción o prohibición de ciertos alimentos, sino desde el equilibrio entre salud, bienestar y placer en la comida.
– No utilizar el alimento como herramienta de premio o castigo frente a una situación de crianza.
– No normalizar cuando, de un momento a otro, un niño o adolescente no quiera comer o comience a reducir sus porciones.
– Estar presentes en la mesa familiar, en la medida de lo posible, porque es el momento en que compartimos con los niños y podemos observar su relación con la comida.
– Frente a cualquier sospecha, acudir a un profesional de la salud.

Es fundamental estar atentos y presentes. No se trata solo de conocer los TCA o saber cómo tratarlos, sino de actuar con responsabilidad desde cada rol que ocupamos: como padres, educadores, profesionales de la salud o miembros de la comunidad. La prevención comienza en los pequeños gestos cotidianos, en la forma en que hablamos, educamos y acompañamos a quienes nos rodean.

¡ Nos reencontramos en otras lecturas !

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